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Guía: Cambalache
Leyenda: Cuando llegan los camiones de recolección,
comienza la pelea por latas, papeles y demás desperdicios.
Fotos: Marcell Naranjo
Guía: Cambalache 2
Leyenda: Los trabajadores aprovechan algunos
desperdicios para comer.
Guía: Cambalache 3
Leyenda: La competencia por la basura es grande, no
sólo con los demás trabajadores sino también con los animales.
Guía: Cambalache 4
Leyenda: Luego de largas horas de trabajo merecen un
descanso, aunque no sea en el lugar más apropiado.
Guía: Cambalache 5
Leyenda: Los niños también ayudan a sus padres a
recolectar desperdicios.
Guía: Cambalache –indígena
Leyenda: Antonio Ortiz es uno de los tantos indígenas que laboran en el relleno sanitario.
Son las cuatro de la mañana y poco a poco llegan
hombres, mujeres y niños al relleno sanitario de Cambalache para su faena
diaria: esperar que lleguen los camiones de recolección de desperdicios de
Sabenpe y comenzar a recorrer montañas de basura buscando papel, metal o
plástico para vender y obtener su sustento.
Caminan entre restos de comida y de animales, latas,
papeles, gaveras de plástico, colchones, entre otros. Aguantan el mal olor –al
que dicen estar acostumbrados- y viven asechados por los delincuentes,
vendedores y consumidores de drogas que se encuentra detrás de cada montaña de
basura.
Su jornada de trabajo termina pasadas las seis de la
tarde cuando regresan a sus hogares, unos pequeños ranchos construidos con
cartones, plástico y zinc que se encuentran ubicados en los alrededores del
relleno sanitario.
Muchos se preguntarán: ¿cómo pueden esas personas
trabajar en un basurero?, ¿No le temen
a las enfermedades? y ¿los organismos municipales y estadales no han
estructurado políticas para ayudar a estas personas?.
En el último año se han multiplicado el número de
familias que viven en Cambalache y trabajan en el relleno sanitario de Ciudad
Guayana, a espaldas de la Ciudad Bonita y la espera de que el alcalde Antonio
Briceño deje de hablar y repetir que desea mejorar las condiciones de
insalubridad del lugar y que realmente se acerque para que vea sus necesidades.
Lo realmente preocupante es el incremento de grupos
indígenas que llegan principalmente del Delta del Orinoco a laborar en el
relleno sanitario.
Precisamente en el centro del relleno sanitario se
encuentra el puesto de compra de basura dirigido por Miguel Vivas, quien junto
a su peso estaba negociando con los trabajadores los precios de los
desperdicios.
Vive en Altamira, una comunidad de San Félix, y
todos los días llega muy temprano a la espera de los trabajadores. Compra todo
tipo de desperdicios, pero preferiblemente papel, gaveras de refrescos y
archivos de metal, porque cuenta que “por esos pagan bien”.
Explicó que una gavera cuesta cien bolívares y un
saco de papel de veinticinco kilos tiene un valor de 1250 bolívares – a
cincuenta bolívares el kilogramo- . Trabaja todos los sábados y asegura que
obtiene unos 130 mil bolívares a la semana que le permite “llevar el pan a la
casa”.
Cuando le preguntamos a cuantas personas le compraba
desperdicios, Vivas afirmó entre sonrisas que “hay mucha gente, sobre todo
indígenas, aquí hay por lo menos 300. Además, están las personas que también
vienen a trabajar”.
“Ahorita no se consigue trabajo por ningún lado. Yo
soy albañil y hago todo tipo de trabajo y tengo que venirme para acá para no
morirme de hambre. Este trabajo me permite resolver y llevar comida a la casa.
Menos mal que todavía no me he enfermado” señaló Vivas.
Cuarenta años tiene Hermán Castillo, quien en un
primer momento se negó a conversar con el equipo de Correo del Caroní
repitiendo “no me gusta hablar de mi vida”, pero luego levantó el rostro, se
volteó su gorra verde y comenzó a narrarnos parte de su aventura dentro del
relleno sanitario de Ciudad Guayana.
Perdió la cuenta de todo los años que tiene viviendo
en Cambalache junto a su hermana, así como el tiempo que lleva trabajando en
ese lugar.
“Consigo mis ‘realitos’, pero ‘hay que mojarse’.
Porque ¿qué puedo hacer?, ¿no puedo robar?, será para que me maten. Primero tengo
que levantarme mínimo a las cuatro de la mañana. Tengo que caminar todo esto
para buscar papel y aluminio. También puedo comprar ropa y otras cosas que
todavía se puedan usar. Yo trabajaba en una empresa de gas, pero fracasó y me
despidieron” destacó Castillo.
En el relleno sanitario no sólo trabajan personas de
Ciudad Guayana, también se puede encontrar gente de los asentamientos
campesinos cercanos y hasta de Upata, tal es el caso de Luis Méndez de 39 años.
Por la escasez de empleos en Upata, Méndez decidió
probar suerte en Ciudad Guayana y por “cuestiones de la vida”, como señaló,
terminó laborando en el relleno sanitario.
“Recojo desperdicios, sacó todo lo que consigo.
Puedo ganar mínimo dos cientos mil bolívares vendiendo algunos materiales a negocios
en Upata. A mí por lo menos me da dinero para mantener a mi esposa y cuatro
hijos” indicó Méndez.
“Me
da para comprar espaguetis y arroz, si no consigo nada comemos mango. Es
peligroso esto de noche, pero de día es tranquilo. Yo vivo con mi familia en
una casa que hice cerca de aquí” explicó Ortiz con ayuda de su esposa.
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DESPIECE
Los rostros de tristeza de los niños que trabajan en el relleno sanitario de Cambalache podrían hacer pensar que la dura realidad los hace perder su inocencia, y tal vez en parte podría ser así.
Sin embargo, se puede observar niños jugando entre
la basura con pelotas, muñecas viejas o leyendo un libro. Pese, a su dura vida,
no han perdido las ganas de soñar, y muchos de ellos nos contaron que entre sus
planes está viajar y estudiar.
En los más grande, se puede sentir hasta rencor por
ser obligados a vivir de la basura. No obstante, también tienen esperanzas de
que algún día salgan del relleno sanitario para no volver jamás.
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