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Más de 400 familias trabajan en el relleno sanitario, cifra en aumento

Vivir a espaldas de Ciudad Bonita   I        1.04.2003

 

Rostros tristes, envejecidos por el sol y los ‘golpes de la vida’. Cada persona posee una historia distinta, pero están unidos por el trabajo: la recolección de la basura. Ellos son los trabajadores del relleno sanitario de Ciudad Guayana, mejor conocido como Cambalache.

 

Moralis Lara Berenguel

mlara@correodelcaroni.com

 

Guía: Cambalache

Leyenda: Cuando llegan los camiones de recolección, comienza la pelea por latas, papeles y demás desperdicios.

Fotos: Marcell Naranjo

 

Guía: Cambalache 2

Leyenda: Los trabajadores aprovechan algunos desperdicios para comer.

 

Guía: Cambalache 3

Leyenda: La competencia por la basura es grande, no sólo con los demás trabajadores sino también con los animales.

 

Guía: Cambalache 4

Leyenda: Luego de largas horas de trabajo merecen un descanso, aunque no sea en el lugar más apropiado.

 

Guía: Cambalache 5

Leyenda: Los niños también ayudan a sus padres a recolectar desperdicios.

 

Guía: Cambalache –indígena

Leyenda: Antonio Ortiz es uno de los tantos indígenas que laboran en el relleno sanitario.

 

Son las cuatro de la mañana y poco a poco llegan hombres, mujeres y niños al relleno sanitario de Cambalache para su faena diaria: esperar que lleguen los camiones de recolección de desperdicios de Sabenpe y comenzar a recorrer montañas de basura buscando papel, metal o plástico para vender y obtener su sustento.

Caminan entre restos de comida y de animales, latas, papeles, gaveras de plástico, colchones, entre otros. Aguantan el mal olor –al que dicen estar acostumbrados- y viven asechados por los delincuentes, vendedores y consumidores de drogas que se encuentra detrás de cada montaña de basura.

Su jornada de trabajo termina pasadas las seis de la tarde cuando regresan a sus hogares, unos pequeños ranchos construidos con cartones, plástico y zinc que se encuentran ubicados en los alrededores del relleno sanitario.

Muchos se preguntarán: ¿cómo pueden esas personas trabajar en un basurero?,  ¿No le temen a las enfermedades? y ¿los organismos municipales y estadales no han estructurado políticas para ayudar a estas personas?.

En el último año se han multiplicado el número de familias que viven en Cambalache y trabajan en el relleno sanitario de Ciudad Guayana, a espaldas de la Ciudad Bonita y la espera de que el alcalde Antonio Briceño deje de hablar y repetir que desea mejorar las condiciones de insalubridad del lugar y que realmente se acerque para que vea sus necesidades.

Lo realmente preocupante es el incremento de grupos indígenas que llegan principalmente del Delta del Orinoco a laborar en el relleno sanitario. 

 

Una vida cruel

Precisamente en el centro del relleno sanitario se encuentra el puesto de compra de basura dirigido por Miguel Vivas, quien junto a su peso estaba negociando con los trabajadores los precios de los desperdicios.

Vive en Altamira, una comunidad de San Félix, y todos los días llega muy temprano a la espera de los trabajadores. Compra todo tipo de desperdicios, pero preferiblemente papel, gaveras de refrescos y archivos de metal, porque cuenta que “por esos pagan bien”.

Explicó que una gavera cuesta cien bolívares y un saco de papel de veinticinco kilos tiene un valor de 1250 bolívares – a cincuenta bolívares el kilogramo- . Trabaja todos los sábados y asegura que obtiene unos 130 mil bolívares a la semana que le permite “llevar el pan a la casa”.

Cuando le preguntamos a cuantas personas le compraba desperdicios, Vivas afirmó entre sonrisas que “hay mucha gente, sobre todo indígenas, aquí hay por lo menos 300. Además, están las personas que también vienen a trabajar”.

“Ahorita no se consigue trabajo por ningún lado. Yo soy albañil y hago todo tipo de trabajo y tengo que venirme para acá para no morirme de hambre. Este trabajo me permite resolver y llevar comida a la casa. Menos mal que todavía no me he enfermado” señaló Vivas.

Cuarenta años tiene Hermán Castillo, quien en un primer momento se negó a conversar con el equipo de Correo del Caroní repitiendo “no me gusta hablar de mi vida”, pero luego levantó el rostro, se volteó su gorra verde y comenzó a narrarnos parte de su aventura dentro del relleno sanitario de Ciudad Guayana.

Perdió la cuenta de todo los años que tiene viviendo en Cambalache junto a su hermana, así como el tiempo que lleva trabajando en ese lugar.

“Consigo mis ‘realitos’, pero ‘hay que mojarse’. Porque ¿qué puedo hacer?, ¿no puedo robar?, será para que me maten. Primero tengo que levantarme mínimo a las cuatro de la mañana. Tengo que caminar todo esto para buscar papel y aluminio. También puedo comprar ropa y otras cosas que todavía se puedan usar. Yo trabajaba en una empresa de gas, pero fracasó y me despidieron” destacó Castillo.

En el relleno sanitario no sólo trabajan personas de Ciudad Guayana, también se puede encontrar gente de los asentamientos campesinos cercanos y hasta de Upata, tal es el caso de Luis Méndez de 39 años.

Por la escasez de empleos en Upata, Méndez decidió probar suerte en Ciudad Guayana y por “cuestiones de la vida”, como señaló, terminó laborando en el relleno sanitario.

“Recojo desperdicios, sacó todo lo que consigo. Puedo ganar mínimo dos cientos mil bolívares vendiendo algunos materiales a negocios en Upata. A mí por lo menos me da dinero para mantener a mi esposa y cuatro hijos” indicó Méndez.

 

Desde el Delta

Antonio Ortiz es un indígena que tiene apenas seis días que llegó desde Delta Amacuro, proveniente de una comunidad que se encuentra cerca de Curiapo.

La necesidad y la falta de empleo que padecía en su lugar de origen lo obligó a venirse a Ciudad Guayana junto a su esposa y ocho hijos, para trabajar en el relleno sanitario.

Junto a su familia recoge papel y latas para vender, recibiendo diariamente desde quinientos a mil quinientos bolívares diarios, depende de “como esté el día”.

Me da para comprar espaguetis y arroz, si no consigo nada comemos mango. Es peligroso esto de noche, pero de día es tranquilo. Yo vivo con mi familia en una casa que hice cerca de aquí” explicó Ortiz con ayuda de su esposa.

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DESPIECE

 

Soñar no cuesta nada

Los rostros de tristeza de los niños que trabajan en el relleno sanitario de Cambalache podrían hacer pensar que la dura realidad los hace perder su inocencia, y tal vez en parte podría ser así.

Sin embargo, se puede observar niños jugando entre la basura con pelotas, muñecas viejas o leyendo un libro. Pese, a su dura vida, no han perdido las ganas de soñar, y muchos de ellos nos contaron que entre sus planes está viajar y estudiar.

En los más grande, se puede sentir hasta rencor por ser obligados a vivir de la basura. No obstante, también tienen esperanzas de que algún día salgan del relleno sanitario para no volver jamás.

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